Muchos de los discípulos del Shayj eran tesoreros de verdades que le habían
oído decir y que nunca habían sido puestas por escrito. Varios años después de
su muerte se decidió resumir y publicar algunas de estas enseñanzas orales.
Sheij Ahmad al Alawi
Existe una jerarquía entre los Gnósticos: el
conocedor de su Señor y el conocedor de sí mismo; el conocedor de sí mismo posee
una Gnosis más firme que el conocedor de su Señor (1).
La clave de esta fórmula reside en la dualidad
implícita en el Señorío Divino, como en el Nombre de Creador, esto es, la
dualidad Señor-siervo y Creador‑criatura. Pero más allá está la Unidad de¡
Absoluto que no permite que ninguna dualidad se introduzca en Su Una y única
Infinitud Indivisible. En otras palabras, más allá del Al-lâh personal está el
Sí Transpersonal (2), que es lo que
el Shayj quiere decir con la palabra «sí mismo». Esto recuerda la
perpetua pregunta de Sri Ramana Maharshi: «¿Quién soy yo?» Quienquiera
que haya respondido a esta pregunta, no simplemente en teoría, sino por
realización, puede ser denominado «el conocedor de sí mismo». Estas
consideraciones, sirven para explicar también el siguiente aforismo que es el
corolario negativo del primero.
Existe una
jerarquía entre los que están velados: los que están velados con respecto a su
Señor, y los que están velados con respecto a sí mismos. Y el que está velado
con respecto a sí mismo tiene un velo más espeso que el que está velado con
respecto a su Señor (3).
El Shayj expresa aquí indirectamente la preeminencia del esoterismo sobre el
exoterismo. La piedad no es otra cosa que una transparencia, en un grado u otro,
del velo existente entre el siervo y su Señor; y el mismo hecho de que el
exoterismo es obligatorio para todos significa que este velo no puede ser,
normalmente y por naturaleza, impenetrable. De no ser así, el agnóstico y el
ateo no serían tan culpables. Pero en la inmensa mayoría, la doctrina esotérica,
es decir, la doctrina del Sí Mismo —que nunca es totalmente secreta, pues
siempre está, por así decirlo, «en el aire»— no despierta ninguna
respuesta subjetiva de aspiración espiritual; en ellos el Intelecto duerme, el
Ojo del Corazón, que es el órgano de la percepción de, Sí mismo, está cerrado.
Por esto, se puede decir que la mayoría están más espesamente velados con
respecto a sí mismos que con respecto a su Señor. Y, en verdad, si todos los
demás velos cayeran, se podría decir no que el Señor seria un velo sobre el Sí
(pues el velo sobre el Sujeto debe ser subjetivo), sino que todavía estarían
velados por su aspiración centrifuga. El esfuerzo espiritual debe finalmente
volverse en una dirección interior, pues «el Reino de los Cielos está dentro
de vosotros».
Es verdad que el buscador necesita buscar a través de su Maestro espiritual,
sin cuya guía correría el peligro de permanecer estancado. Pero la tarea del
Maestro es, por encima de todo, la de impulsar al buscador hacia su Sí más
interior.
La doctrina del Autoconocimiento es peligrosa. Su gran peligro, como ha dicho
uno de los discípulos del Shayj, es el que el buscador, por carecer del
necesario sentido del Absoluto, inconscientemente «deifique un repliegue
secreto del ego», imaginando que es el Sí. En este contexto, el sentido del
Absoluto es, o presupone, el sentido de la Transpersonalidad. Por ello el Shayj
dice:
La tâ’ (5) de la segunda persona significa retribución; la hâ’
de la tercera persona significa prueba; la nûn de la primera persona significa
dualidad. La Verdad está más allí de eso (6).
Los pronombres fueron dados al hombre para expresar
las diferenciaciones terrestres, no la Unidad Divina. Si Al-lâh es
«Tú», el que habla existe como «yo» y obtiene retribución.
«Tu existencia es un pecado con el que ningún otro puede compararse» (7). Si Al-lâh es «Él», el
que habla es proscrito, excluido o suspendido. «Yo» no puede hacer
justicia a la Realización Suprema, pues «yo» sólo puede expresar un sujeto, y la
Verdad no puede ser limitada de este modo, lo mismo que no puede ser limitada al
objeto «Él». «Yo» y «Él» son fragmentos; así, la
palabra «yo», por cuanto presupone un complemento para completarla,
significa dualidad. Al decir «la Verdad está más allá de eso» el Shayj
quiere decir que el Sí Supremo es la Síntesis Trascendente de las tres personas
y no puede ser designado adecuadamente con una sola. La Infinita Suficiencia de
esta Síntesis es expresada en el Nombre Al‑Samad.
El que ha realizado la Verdad de la Plenitud
Infinita (Al‑Samdâniyya) no encuentra sitio para la alteridad (8).
Cada una de las tres personas implica
«alteridad», pero su Arquetipo Divino resume en Su Unidad todas
aquellas relaciones que se despliegan en diferenciaciones fragmentarias entre
«Yo» y «Tú» y «Él». El nombre al‑Samad es una joya central en lo que
podría llamarse la corona de la doctrina islámica —y también, en cierto sentido,
la corona de la liturgia islámica—: el Capítulo de la Sinceridad (9), que responde a la pregunta
«¿qué es Al-lâh?» en los términos más absolutos, y que empieza así:
Di: Él, Al-lâh es Uno, Al-lâh, el Auto‑Suficiente en Infinita
Plenitud.
Transpersonalidad significa inefabilidad; por ello el Shayj dice:
La revelación deliberada de su Secreto por parte del
Santo seria una violación de lo que la Providencia ha ordenado a la par para el
macrocosmo y para el microcosmo: El velo es el istmo entre los dos mares (11) que no debe ser sobrepasado; los
dos mares son el Cielo y la tierra, o, microcósmicamente, el Espíritu y el alma.
Sin este istmo, la tierra sería sumergida por el Cielo, como lo sería el alma
por el Espíritu. Por esto, el mantenimiento del velo es cortesía hacia la
creación, así como hacia el Creador.
Pero los mares casi se tocan; el velo no debe ser
demasiado espeso, pues la perfección de la cortesía reside en mantener el
equilibrio correcto. En uno de sus poemas el Shayj dice: «Ni divulgo ni
oculto el Secreto» (12), lo
que nos lleva a otro de sus aforismos:
La primera parte de este aforismo es explicada indirectamente en el
siguiente:
Aquel cuya estación (maqâm) es igual a su
estado (hâl) dice sin darse cuenta el Secreto de Al-lâh (14).
El estado (hâl) es una Gracia que en
cualquier momento puede fluir sobre el místico. La palabra árabe está tomada del
ya citado versículo del Corán que define esta Gracia: Al-lâh penetra
(yahûlu) entre un hombre y su corazón. Un Santo en el sentido más
elevado es alguien cuyo estado se ha convertido en una estación (maqâm)
(15), es decir, en algo ya no,
transitorio, sino permanente. El Santo es perpetuamente consciente de que Al-lâh
está más cerca de él que su sí más íntimo, y esta consciencia incesante hace
diáfanos los velos, de forma que incluso su cuerpo, especialmente su rostro,
puede mostrar a veces una cierta transparencia, casi como si estuviera
iluminado, como si dijera «Yo soy la Verdad», como hizo Al‑Hallâj
cuando «dijo el Secreto de Al-lâh». Sólo el que está velado con
respecto al Secreto puede lograr ocultarlo del todo. Por otra parte,
«decir» el Secreto no es lo mismo que «divulgarlo». El
divulgador está «vencido», y lo revela porque al no poseer la
«estación» no tiene capacidad para contenerlo. Muy pertinente en este
contexto es el dicho ya citado del Shayj al-Shâdilî: «La visión de la Verdad
vino a mí y no quiso abandonarme, y era más fuerte de lo que yo podía
soportar... De modo que pedí fuerzas y Él me fortaleció» (16). La fuerza no es otra que el Sí
Divino, el único que tiene capacidad para recibir la Verdad y fuerza para
soportarla. Esta relación puede invertirse, y puede ser el Sí el que sea el
contenido, como cuando el Profeta dijo: «Hay para mí una hora en la que sólo
mi Señor basta para contenerme». En cualquier caso, la «estación»
del Santo es su capacidad para no divulgar cuanto recibe, y para saciar cuando
da.
Esta adecuación del Sujeto Supremo al Objeto Supremo
se refleja a través de todos los estadios del camino espiritual. El acto
espiritual, en particular la invocación del Nombre, puede ser considerado como
objeto por cuanto coincide con la Respuesta Divina que él garantiza. Yo respondo
a la oración del que ora cuando ora (17). Para ir al encuentro de esta
Respuesta debe haber una preparación subjetiva suficiente, una madurez de
comprensión y virtud. Por eso el Shayj dice:
El que actúa según
el conocimiento antes de que el tiempo de éste haya llegado, pierde ese
conocimiento. Y no te precipites con el Corán antes de que te sea revelado por
entero,(18) y di: Señor, aumenta
mi conocimiento (19).
La primera frase se refiere claramente a un dicho del Profeta que tiene una
incalculable importancia práctica en la vía espiritual: «A aquel que actúa
según lo que conoce Al-lâh le hará heredar el conocimiento de lo que no
conoce». El aforismo del Shayj, equivale a decir: Cuando el Profeta habla
de obrar de acuerdo con el conocimiento no alude a la mera teoría, sino a lo que
un hombre conoce profundamente, a lo que ha asimilado plenamente; y la cita
coránica del Shayj equivale a interpretar las palabras aumenta mi conocimiento
en el sentido de «aumenta la profundidad de mi conocimiento».
Pero, ¿por qué dice el Shayj, en otra de sus enseñanzas:
La ignorancia es de más de una clase. En primer lugar, es ignorancia de la
verdad expresada en el dicho del Profeta, incapacidad de comprender que no tiene
necesidad de pedir porque puede recibir un aumento si actúa de acuerdo con lo
que sabe. En segundo lugar, es la ignorancia de suponer que las cosas del
Espíritu pueden ser medidas igual que las cosas de este mundo, y que él mismo
puede juzgar si está o no recibiendo un aumento. Un discípulo de uno de los
discípulos del Shayj se quejaba en una ocasión á su Maestro: «He invocado
regularmente el Nombre Supremo durante más de diez años, pero sin obtener ningún
resultado». Su Maestro respondió: «Si pudieras hacer en un momento todo
el progreso espiritual que has realizado gradualmente en estos diez años, esto
provocaría una ruptura mortal en tu alma». El aforismo que estamos
considerando se dirige sin duda contra quejas como ésta, pero no —no hace falta
decirlo— contra las oraciones pidiendo aumento de acuerdo con la exhortación
coránica de pedir aumento. Es una cuestión que depende totalmente del punto de
vista. La invocación misma del Nombre Divino es, implícitamente, una oración
pidiendo aumento.
La advertencia del Shayj de que obrar prematuramente según el conocimiento
conduce a una pérdida de este conocimiento recuerda otra de sus
advertencias:
En ambos casos se trata de una cuestión de,
conocimiento superficial —de un conocimiento que no tiene nada en que sostenerse
y que recuerda a la semilla de la parábola evangélica (23) «que cayó en terreno
pedregoso»—. Es debido a los peligros inherentes a este conocimiento por lo
que las verdades esotéricas se mantienen, en principio, secretas o al menos
reservadas hasta que el «terreno esté cultivado».
La palabra traducida aquí como «soporte» es i’timâd, que significa
literalmente ser soportado por un puntal o columna (‘amûd). El soporte
al que se refiere el Shayj es la Presencia Divina en el microcosmo, cuya
manifestación más exterior son las virtudes del alma, las cuales son reflejo de
las Cualidades Divinas. Las semillas del conocimiento, si no tienen al principio
un terreno suficientemente profundo para arraigar en él, si no tienen al menos
las virtudes, nunca podrán echar raíces lo bastante profundas como para soportar
su desarrollo hacia los Arquetipos de las virtudes.
La idea esencial del último dicho citado está expresada también en otro:
Quien parte (24) en busca de Al-lâh no llega hasta Él, pero quien
busca apoyo en Él es consciente de Él (25).
Esto nos devuelve a los aforismos que exhortan al
Conocimiento de Si, y trata de que el discípulo penetre con mayor profundidad
dentro de sí mismo, pues «buscar apoyo en Al-lâh» es el primer paso
para encontrar la respuesta a la pregunta de «¿Quién soy yo?». El Shayj
dice también en el mismo sentido (26):
Aquel que busca a Al-lâh en otra cosa que no sea él mismo dirige su
camino muy lejos de su meta.
El buscador en cuestión es alguien que «ha partido en busca de
Al-lâh», quizás despreciando la actitud más humilde de buscar apoyo.
Uno de los errores del que «parte en busca de Al-lâh» es que permite
que su concepto de la Trascendencia Divina no deje espacio para la conciencia de
la Inmanencia Divina. El Shayj dice:
Los hombres que están más lejos de su Señor
son los que más desmedidamente afirman Su Incomparabilidad (27).
Dice, también:
No es cuestión de conocer a Al-lâh cuando se
aparta el velo, sino de conocerlo en el velo mismo (29).
Las comparaciones basadas en la certidumbre
de Su Unidad son mejores que las abstracciones de alguien que está velado con
respecto a Su Unidad (30).
En una ocasión, en un marco de grandeza insuperable, ante las montañas que se
elevaban con sus laderas cubiertas de bosques de pinos y sus blancas cimas
nevadas, con un cielo azul moteado de nubes blancas que a intervalos
semiocultaban el brillo del sol, uno de los discípulos del Shayj, con un
movimiento de la mano hacia el paisaje, me dijo: «Al-lâh es así»; y en
aquel momento comprendí, con algo mucho más profundo que una mera comprensión
mental, que, de no ser por la Belleza Divina, todo lo que se extendía ante mis
ojos desaparecería en un instante. El mismo maestro ha dicho también:
«En la cueva,
el Profeta enseñó a Abú Bakr (31) los
misterios del Nombre Divino. Una tela de araña impidió que los Infieles
entrasen. Esta telaraña es la doctrina metafísica que separa al mundo profano de
la Gnosis y a la Gnosis del mundo profano. La tela de araña es la
exteriorización del Sí.»
Continuó explicando que los círculos concéntricos representan la
Trascendencia, pues figuran la jerarquía de los mundos situados unos sobre
otros; la Incomparabilidad del Sí, Su Absoluta Trascendencia es representada ya
por la circunferencia exterior, ya por el centro, según si estarnos considerando
el aspecto Omnímodo o el de Interioridad. Los radios que conectan los diferentes
círculos entre si representan la Inmanencia Divina que nos permite hacer
comparaciones y sacar analogías. Cada punto de intersección de un radio y una
circunferencia es un santuario de la Presencia Divina que hace posible el
decir: «Al-lâh es así», o incluso, «Esto es Al-lâh»; y, puesto
que todo punto de toda circunferencia tiene virtualmente un radio que lo conecta
con el centro, todo punto puede ser el lugar de la manifestación de un Secreto.
Pero los que «afirman desmedidamente Su Incomparabilidad» son los que
sólo consideran los círculos; y ellos son «los hombres que están más lejos
de su Señor» porque, al negarse a considerar los radios, se están privando
de toda conexión con Al-lâh y están privando a este mundo de todo significado
simbólico. En este sentido, el Shayj dice:
No tengas una propensión excesiva hacia el
conocimiento de la Verdad, no sea que te vele con respecto a los Secretos de la
Creación (32).
El siguiente aforismo, no menos paradójico en un principio, transmite en el
fondo la misma enseñanza, si consideramos que el mayor de «los Secretos de
la Creación» es el Sí:
Con estas palabras el Shayj descubre toda una perspectiva de método
espiritual que es, desde el punto de vista práctico, un complemento muy
necesario de los ascetismos, más conocidos, de autonegación. A menudo ocurre
que, cuando el primer entusiasmo del novicio se ha enfriado, éste atraviesa un
período de aridez en el que a veces ve que le falta por completo el fervor
espiritual. Necesita que se le recuerde que su alma eligió, por propia voluntad,
entrar en la vía espiritual. Si bien esta elección no fue dictada por una
unanimidad de los elementos psíquicos (pues esta unanimidad señala el final del
camino, no su comienzo), hubo sin embargo un irresistible predominio en favor de
la Verdad, y este predominio es lo que se llama «vocación», pues el
llamamiento divino viene de dentro al igual que de fuera. Se pueden vencer
muchas resistencias interrogando al alma a cada paso; pues incluso en prácticas
tales como el retiro espiritual, de las que algunos elementos psíquicos huyen
como de la muerte, el alma puede ser obligada a admitir que en realidad está
haciendo lo que ha elegido hacer, y que no desea hacer nada más. Este método es
como una primera etapa del camino que conduce a la pregunta: «¿Quién soy
yo?» El Shayj se refiere a una etapa posterior con las siguientes
palabras:
La palabra traducida como «su alma> podría ser igualmente «sí
mismo», con o sin mayúsculas, por lo que este aforismo podría aplicarse a
una amplia gama de experiencia espiritual, desde una primera vislumbre de
Gnosis, hasta el Final del camino. En otro lugar, el Shayj ha dicho, a propósito
de los muchos versículos del Corán que condenan a los que siguen «sus
pasiones», que estos versículos se refieren a todos salvo a los Gnósticos,
a quienes se les permite «seguir sus pasiones», puesto que sólo el
Absoluto, Infinito y Eterno tiene poder para moverles a una intensidad de
emoción tal que pueda llamársele «pasión».
Notas
(1) Éste es el primero de los aforismos
de la antología antes mencionada, Hikmatuhu, Sa Sagesse, en la que el texto
árabe va seguido de una traducción francesa (que es más a menudo un estorbo que
una ayuda para su comprensión) sin ningún comentario.
(2) Este término, que es mucho menos
inadecuado que el más comúnmente empleado de «Impersonal», está tomado de
Frithjof Schuon. Para un completo y profundo tratamiento de la relación entre
estas dos supremas «Presencias Divinas», véase su Dimensions of Islam, cap. 11,
y también cap. III.
(3) Hikmatuhu, 2.
(4) Hikmatuhu, 33.
(5) Las letras tâ y nûn, como prefijos o
sufijos en partes del verbo y otras palabras, denotan, respectivamente, la
segunda y la primera personas, mientras que hâ es la consonante del pronombre
personal de tercera persona.
(6) Ibid., 37.
(7) Véase más arriba, capítulo 5, n.
16.
(8) Ibid., 14.
(9) Corán, CXII.
(10) Hikmatuhu, 49.
(11) Ha dejado fluir los dos mares, que
se encuentran; pero les separa un istmo que no rebasan (Corán, LV, 19‑30).
(12) Diwán, P. 37.
(13) Hikmatuhu, 45.
(14) ibid., 36
(15) Véase más arriba, p. 89,
final.
(16) Véase más arriba, pp. 56‑57.
(17) Corán, II, 185.
(18) Corán, XX, 114.
(19) Hikmatuhu, 9.
(20) El empleo de la palabra «heredar»
es aquí particularmente significativo, pues muestra que no es una cuestión de
aprendizaje externo, sino de realización de lo que no lleva, por así decirlo, en
su sangre, ya que todo ser humano es, por razón de su linaje, un heredero
potencial de la santidad del hombre primordial.
(21) Hikmatuhu, 50.
(25) Hikmatuhu, 40.
(26) ibid., 25.
(27) Hikmatuhu, 25.
(28) ibíd., 26. Muhyi‑l‑Din lbn Arabí
cita del Corán la frase No hay nada que se Le asemeje, y Él es El que Oye, El
que Ve, para mostrar cómo en un solo versículo (XLII, 1) afirma a la vez Su
Incomparabilidad y la analogía entre Él y Sus criaturas.
(29) Ibid., 16.
(30)
Ibid., 27.
(31) Cuando el Profeta huyó con Abú Bakr
de La Meca a Medina, fueron perseguidos por mecanos que pretendían matarles. Se
salvaron gracias a una araña que tejió su telaraña sobre la boca de la cueva en
la que se habían refugiado, lo cual equivalía a indicar que era inútil proseguir
la búsqueda en aquella dirección, puesto que nadie había pasado más allá de
aquel punto.
(32) Ibid., 38.
(33) Hikmatuhu, 12.
(34) Ibid., 5.
Martin Lings
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